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Roderick Guzmán
Panamá - Panamá
Periodista, algo de poeta y tal vez menos de escritor. Nacido en Panamá. Más que todo lector.
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El Asesinato de Borges (Parte I)
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El Asesinato de Borges (Parte I)



El Asesinato de Borges (Parte I)

Entonces la puerta se abrió.  El salón tenía una ventana.  En el centro había una mesa con seis sillas.  Sobre ellos colgaba una araña encendida.  Los seis hombres entraron en silencio.  Alguno miró por la ventana y pudo ver el cuerpo deforme del árbol del cual colgaban unos murciélagos. 

Eran cerca de las diez de la noche.  La noche con su peso específico,  con su olor a nada y a vacío,  a fríos escombros de un día al acecho,  rabioso y frustrado, detrás de los linderos del horizonte. 

Los sobretodos sobre clavos en la pared,  igual que los sombreros y las boinas.  Los individuos tomaron asiento.  Alguien sacó un cigarrillo.  Las miradas eran de una intensidad vitral. 

Más allá,  donde doblaba la avenida hacia la izquierda crecía la ciudad.  Pasaban los vehículos,  los noctámbulos,  los anuncios eléctricos que llenaban los espacios de la oscuridad.  Algunos pájaros se acomodaban en los lejanos ramales del parque.

Cómodos ya,  elegantes como gárgolas,  estirados como obeliscos,  se aprestaron a exponer sus razones.  El peso de sus exposiciones era casi glandular. 

“Vos tuviste la idea,  Roberto,  hacéla clara,  che”. 

El tal Roberto (Arlt) se sacudió algo del anverso de la mano que parecía una mariposa muerta.  Sobre una libreta colocada con femenina meticulosidad sobre la mesa,  había garrapateado algunos signos.  La ininteligible caligrafía pronto fue interpretada por su autor.

“He anotado algunos puntos de impostergable solución.  El mundo ya ha sido creado y nosotros nos damos a la tarea de moldear algunas de sus sustancias.  Somos poetas,  somos soñadores.  Sin embargo,  tenemos delante una misión anegada de frustraciones,  de sinsabores y dolor.  Tenemos ante nosotros un personaje,  en suma,  diferente a nosotros.  Ha sido dotado de la clarividencia,  de la profecía y es nuestro deber,  por el bien del arte y la cultura de nuestro país y de nosotros, los aquí presentes, procurar por todos los medios posibles,  eliminar su figura y su legado,  en estos momentos en que su presencia mítica todavía no ha sido trabajada por el tiempo y por el afán de los lectores”.

Todos se miraron.  No había mucha sorpresa en sus rostros.  Tal vez el peso de la hora les sometía como viejos perros cansados echados a la entrada de un callejón.

“Vos has dicho que era de vital importancia,  querido.  Ahora es el momento de convencernos de tal cosa.  Decís que este sujeto nos hará palidecer,  nos convertirá en meras sombras a sus espaldas y siempre se medirá la literatura de nuestro país con un antes y un después de él”.

Roberto debió conservar la calma.  No comprendía por qué a estas alturas no había podido explicarse con claridad.  Era un grupo de intelectuales comprometidos con sus propios egos,  con sus vanidades y no ha sido posible dejar sentado el peligro de la pisada tras la sombra del gigante que comenzaba a empinarse sobre el muro del tiempo.

“Sí.  Esto les he dicho y les debo dar una prueba para lo que he de proponer,  porque en este momento todavía podemos remediar este desajuste de la historia,  este disloque del espacio.   Este sujeto al que hemos conocido hace algunas fechas,  a quien hemos concedido el privilegio de adelantar su influencia sobre los importantes círculos de intelectuales,  en éxito,  en relaciones,  debe ser eliminado,  me aclaro,  muerto,  asesinado”.


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